4 de agosto
Para empezar, hemos tenido un despertar curioso. Aquí te suben el desayuno a la habitación (no es por lujo es que no tienen sitio para un comedor). Les dijimos que a las 8 y a las 7.30 llaman a la puerta e intentan entrar dos viejillas para retirar los futones y preparar la habitación para el desayuno. Como ellas no hablaban una palabra en inglés ni yo en japonés la comunicación era nula. Así que, una de las viejillas ha pasado de mí y ha entrado en la habitación. Sólo al ver que los niños estaban durmiendo, ha entendido lo que quería decirle.
Lo mejor, es que nos han cambiado a otra habitación aún más grande con una antesala donde dejar los desayunos y que los enanos puedan seguir durmiendo.
De vuelta al Ryokan, ducha y cena kaiseki a la terraza del río en Pontocho. Es una cena típica de aquí compuesta por muchos platos degustación muy elaborados. La terraza era un enorme tatami donde Bruno ha estado corriendo y vacilando a las camareras. Lo de las japos con los bebés (imagino que no será solo con Bruno) es una obsesión.
Paseando después de cenar hemos visto un par de geishas y algunas más en taxi. El hotel está al lado del río y en esa zona se está más fresquito. La verdad es que hay bastante marcha por las noches y nos hemos ido a dormir bastante tarde.
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